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Yo te Dije!!!!

noviembre 3rd, 2011 | Publicado por admin en Autoliderazgo | Desarrollo Personal

Imagen de previsualización de YouTubeCuantas veces escuchamos a alguien que nos dice “Yo te dije”, incluso expresado  con un grado de satisfacción en su actitud. ¿Por qué nos pasa que cuando le podemos indicar a alguien que se equivoco en algo, nos sentimos satisfechos o gozosos de disfrutar ese momento?. La emoción de tener razón es innegable, universal y no discierne. Ya sea en la apuesta del ganador político en las ultimas elecciones o en el caballo en la carrera del domingo, somos igualmente capaces de regodearnos.

Tampoco importa el tema; nos da el mismo gusto tener la razón al identificar un ave exótica, que la orientación sexual de un colega. Algo extraño es que somos perfectamente capaces de sentir satisfacción al tener la razón aunque sea por cosas desagradables: una economía en baja, el divorcio de un amigo o haber estado caminando en la dirección equivocada durante 15 minutos.

A todos nos sucede que no nos gusta estar equivocados y menos ser conscientes de estar equivocados!.  Asimismo para muchos el significado de cometer un error es una descalificación. Entonces, por qué nos es tan difícil aceptar un error?.

Uno de los momentos emocionales más crítico que vivimos, es cuando nos ponen a prueba nuestras verdades y más aún, cuando descubrimos que estamos equivocados.

Imagen de previsualización de YouTubeLa periodista Kathryn Schulz, autora del libro Being Wrong, y colaboradora de New York Time Magazine y Rolling Stone plantea que es hora de reconocer nuestros errores y hacer las paces con el hecho de que son inevitables. Además, propone una nueva manera de verlos. “hay que asumir las equivocaciones como un “regalo”, dado que pueden transformar nuestra visión del mundo, nuestras relaciones y nosotros mismos”.

“Nos aterra no tener todas las respuestas porque sentimos que perdemos el control; incluso, somos capaces de reafirmar una sentencia equivocada antes de admitir un error”, asegura Schulz. En lugar de aprender a lidiar con la aceptación, explica, la sociedad se ha ejercitado en el arte de la negación, de la excusa y hasta de la ambigüedad. Ejemplos históricos de este último recurso han sido los ex presidentes estadounidenses Richard Nixon y Ronald Reagan, cuando con una frase impersonal –“Se han cometido errores”- eludieron sus respectivas responsabilidades en los escándalos Watergate e Iran-Contras.

Schulz desmenuza las teorías de pensadores y figuras como San Agustín, Alan Greenspan, Darwin, Freud, la escritora Gertrude Stein y hasta el comediante Groucho Marx para demostrar que la actitud de autosuficiencia corroe las relaciones familiares, con colegas y hasta entre naciones. Después analiza los factores que llevan al ser humano a razonar de manera incorrecta, y explora las sensaciones que provoca el estar  equivocado: vergüenza, enojo, perplejidad. Finalmente, explica porque equivocarse puede ser una experiencia transformadora, fuente de iluminación, humor y creatividad.

Al igual que la mayoría de las experiencias placenteras, la verdad no es algo disfrutable todo el tiempo, pero siempre hay una ansiedad que refleja nuestro deseo de estar en lo correcto.

Sin tomar en cuenta estos lapsos y reparos, nuestro gusto indiscriminado por tener la razón se combina con un sentimiento casi absoluto de que tenemos la razón.

Este sentimiento aparece en primer plano en algunas ocasiones, como cuando discutimos, y otras veces es un telón de fondo psicológico. La mayoría de nosotros asumimos que básicamente tenemos la razón todo el tiempo y sobre todo, ya sean nuestras convicciones intelectuales y políticas, creencias religiosas y morales; juicios sobre la gente, memorias y recuerdos.

Por muy absurdo que suene, parecería que creemos que nuestro estado natural es la omnisciencia.

Los grandes momentos de razón puestos juntos representan tanto las dificultades de los esfuerzos humanos como la fuente de las pequeñas dichas. Afirman nuestra creencia de ser listos, competentes, confiables y a tono con nuestro ambiente. Lo más importante es que nos mantienen vivos.

De forma individual y colectiva, nuestra existencia depende de nuestra habilidad por llegar a conclusiones precisas sobre el mundo. La experiencia de tener la razón es imperativa para nuestra supervivencia, gratificante para nuestro ego y en general es una de las satisfacciones más baratas de la vida.

Pero lo más interesante no es cómo nos deleitamos al tener la razón, sino lo opuesto: cómo pensamos culturalmente acerca del error y cómo, de forma individual, lidiamos cuando nuestras convicciones colapsan.

Solemos ver la equivocación como algo raro, una aberración inexplicable del orden normal de las cosas. Nos hace sentir tontos y avergonzados. Como un examen lleno de correcciones en rojo, estar equivocados nos hace encogernos en nuestro asiento; hace que nuestro corazón se hunda y nos dé urticaria en la cabeza.

En el mejor de los casos es una molestia; en el peor, una pesadilla, pero a diferencia de la emoción de tener la razón, experimentamos nuestros errores como desalentadores y penosos.

Y todavía se pone peor: En la imaginación colectiva, errar está asociado no sólo a la vergüenza y a la estupidez, sino también a la ignorancia, indolencia, psicopatología y degeneración moral.

Este conjunto de asociaciones fue resumido por el científico cognitivo italiano Massimo Piattelli Palmarini, quien dijo que nos equivocamos por (entre otras cosas), “falta de atención, distracción, falta de interés, mala preparaciónestupidez genuina, timidez, fanfarronería, desequilibrio emocional, prejuicios ideológicos, raciales, sociales o chauvinistas, así como instintos agresivos”.

Es así como nuestros errores se convirtieron en evidencia de nuestras fallas sociales, intelectuales y morales más graves.

De todas las cosas en las que estamos equivocados, esta idea del error puede encabezar la lista: estamos equivocados sobre lo que significa estar equivocados.

Lejos de ser una señal de inferioridad intelectual, la capacidad de errar es crucial para la cognición humana. Lejos de ser una falla moral, es inextricable de algunas de nuestras cualidades más humanas y honorables. Lejos de ser una marca de indiferencia e intolerancia, el error es una parte vital de cómo aprendemos y cambiamos. Gracias al error modificamos nuestro entendimiento de nosotros mismos y enmendamos nuestras ideas sobre el mundo.

Dada esta centralidad tanto para el desarrollo emocional como intelectual, el error no debería ser una vergüenza y no puede ser una aberración. Al contrario. Como dijo alguna vez Benjamin Franklin: “la historia de los errores de la humanidad, considerando todo, es más valiosa e interesante que sus descubrimientos”.

Él sentía que a través de nuestros errores “el alma tiene espacio para crecer, para mostrar todas las facultades inagotables y todas sus extravagancias bellas, interesantes y absurdas”.

La actitud más saludable y productiva que podemos tener frente al error debe tomar como base la propuesta de Franklin, que por muy desorientador, difícil o humillante que puedan ser nuestros errores, la equivocación, y no la razón, nos enseña quiénes somos.

La tendencia a luchar por la razón, conduce a la pobreza intelectual.

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2 Comentarios

  • diego says:

    Me parece muy interesante el texto y de muy simple lectura. Lamentablemente uno de mis problemas más importantes es querer tener siempre la razón! Me parece que no es un problema mio, sino por lo que leo… de la mayoría de los argentinos!

    • Gracias por tu aporte Diego!, es así en cuanto a que es una dificultad de mucha gente, aunque eso no lo hace menos importante al tema. Por lo general se trata de un tema de seguridad y control personal, el hecho de querer tener razón nos permite el control de la situación, mientras aceptar que nos equivocamos solemos verlo como una debilidad, y por supuesto que no es así, porque en principio el ser humano es imperfecto.



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